
Maite has lived next to the Aguirre family for six years. They're quiet, polite, and keep a beautiful garden. They also haven't aged a single day—and on the night of the spring equinox, through a gap in the fence, she finally discovers why.
Maite llevaba seis años viviendo en la calle Lirios cuando cayó en la cuenta de que los Aguirre no envejecían. No fue una revelación repentina, sino un desajuste acumulativo, como una nota desafinada que tarda en hacerse intolerable. Primero fue la piel de Esperanza: tersa, sin una sola arruga nueva, mientras las demás vecinas del barrio iban acumulando las marcas habituales del tiempo —patas de gallo, manchas solares, esa leve flacidez que delata el paso de los cuarenta—.
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