
Renato has spent twenty years making sure every clock in his shop strikes at exactly the same second. When a woman walks in asking for directions instead of the time, his perfectly calibrated world begins to lose its rhythm.
El taller de Renato olía a aceite de máquina y a madera vieja. Cincuenta y tres relojes colgaban de las paredes, y todos marcaban las 10:47 de la mañana con una precisión que él consideraba sagrada. Cada engranaje, cada péndulo, cada aguja respondía a sus manos como una orquesta a su director.
Opening lines