
A secret cabal learns to sever shadows from their owners and deploy them as perfect spies—until the shadows organize, elect a representative, and issue an ultimatum that could flatten reality itself.
Nadie recuerda quién fue el primero en descubrir que las sombras podían desprenderse. La versión oficial —la que circulaba en memorandos cifrados y reuniones sin acta— atribuía el hallazgo a Santiago Urriola, un físico óptico reconvertido en burócrata del Ministerio de Inteligencia Interior, cuya tesis doctoral sobre «polarización anómala en superficies orgánicas» había languidecido durante décadas en los sótanos de una universidad sin prestigio. La versión extraoficial, más prosaica, sostenía que Santiago simplemente se había quedado dormido bajo una lámpara de sodio defectuosa y, al despertar, había visto su propia sombra arrastrarse hacia la puerta como un gato harto de su dueño.
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