
Six mannequins. Sixteen security cameras. Two seconds between each frame. More than enough time for something impossible.
Santiago llevaba tres meses trabajando en el turno nocturno en el Centro Comercial Azcapotzalco y ya conocía de memoria cada sonido legítimo del edificio: el zumbido de las luces de emergencia, el clic periódico del sistema de aire acondicionado al apagarse, la vibración casi imperceptible de los refrigeradores en el área de comida rápida. Todo lo demás era sospechoso. Esa noche, como todas, inició su primera ronda a las once.
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