
Clara agrees to lend her body to her dying grandmother for one university exam—a simple act of love with a two-hour deadline. But when the exam ends, her grandmother discovers she's not ready to die after all.
Clara sabía que era ilegal. Lo supo desde el momento en que Tonatiuh le entregó el dispositivo envuelto en papel de aluminio, como si fuera un sándwich cualquiera, en la mesa del fondo de aquel café de la calle Corrientes. «No es como en las películas», le advirtió Tonatiuh sin mirarla a los ojos.
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