
A cynical stamp dealer who measures the world in market value is thrown off course when a woman walks into his Sunday stall—not for the rare stamp on an envelope, but for the love letter inside it, lost in the mail for sixty years.
Rafael Mendía no coleccionaba sellos: los tasaba. Había una diferencia sustancial que los románticos del gremio jamás entendían. Para él, un sello era un activo financiero con bordes dentados, un rectángulo de papel cuyo valor dependía de variables precisas —año de emisión, tirada, estado de conservación, presencia o ausencia de matasellos— y no de la historieta sentimental que algún aficionado quisiera endilgarle.
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