
She flew to Varanasi to drive down prices. He put a silk masterpiece in front of her that three generations had touched — and told her it wasn't for sale.
Celeste había negociado seda en Shanghái, en Lyon y en Como. Sabía reconocer la calidad de un tejido con solo pasar los dedos por la trama, y sabía también —con una precisión que su jefe en Buenos Aires admiraba sin reservas— cuánto menos podía pagar por él. Benarés era su última parada: la ciudad donde, según los informes del sector, los tejedores artesanales aún no habían ajustado sus precios a la demanda internacional.
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