
The wine from her dead uncle's vineyard tastes like copper, and every soul in the village drinks it like medicine. Catalina has already finished her first glass.
Catalina llegó a Mendoza un jueves de otoño, cuando las hojas de los álamos empezaban a tomar un color cobrizo que le recordaba a incendios lentos. El escribano le había explicado todo por teléfono con una eficiencia casi quirúrgica: su tío abuelo Valentín había muerto sin descendencia directa, y la finca —ciento veinte hectáreas de viñedos al pie de la precordillera— pasaba a ser suya. No había visto al tío Valentín más de tres veces en su vida.
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