
His hands could make dead things look alive. Her voice made him wonder if he'd been dead all along.
Edmund Blackwell llevaba quince años conversando con los muertos, aunque jamás lo habría formulado así. Para él, su oficio consistía en algo mucho más preciso: detener el tiempo en el instante anterior a la putrefacción, ese parpadeo infinitesimal en que un cuerpo todavía conserva la arquitectura de lo que fue. Sus manos —largas, meticulosas, permanentemente manchadas de arsénico— habían devuelto la apariencia de vida a centenares de criaturas: zorros, garzas, hurones, un leopardo encargado por lord Ashworth y, en una ocasión que prefería no recordar, el terrier de una viuda inconsolable.
Opening lines